noviembre 16, 2018

"Tuqui tuqui / Cancionero escolar"

Hace pocas semanas se publicó en Tarapoto la segunda edición mejorada y aumentada  del libro "Tuqui tuqui / Cancionero escolar".  En su momento este fue el proyecto premiado de la II Convocatoria  Nacional "José María Arguedas" / Premio a los estudios sobre música y danza en el Perú (1997), organizado por la Biblioteca Nacional del Perú y la Pontificia Universidad Católica del Perú.  En ese entonces los co-autores, Luis Salazar Orsi y Nilda Barbarán Ramírez  presentaron 24 piezas musicales  orientadas  a la educación primaria del niño peruano, en especial amazónico.  Este trabajo se publicó en Lima en 1999.

La segunda edición, publicada bajo auspicio de la Municipalidad de Tarapoto, especialmente cuidada  por Luis Salazar Orsi, contiene 45 piezas musicales (una mixta, 17 canciones, 16 danzas tradicionales y populares, 8 marchas y 3 textos rimados).   Después de un largo proceso de investigación y creación, esta publicación ofrece  una propuesta educativa muy especial por lo siguiente:

  • Se basa en un contexto socio-cultural específico: la realidad del mundo amazónico, más específicamente, el contexto lingüístico y literario del curso medio del río Ucayali.
  • Se orienta a un educando especial: el niño peruano en general, pero de modo especial, el niño amazónico que cursa instrucción primaria
  • Cuida el aspecto literario, lingüístico y  musical, inspirado en géneros nacionales y también internacionales, dando al niño un sentido de identidad peruana  a la vez que  global y humanista
  • Desarrolla un método educativo especializado en base a la música.  Luis Salazar Orsi es uno de los poquísimos  musicólogos peruanos (especializado en Rusia) que ha trabajado este aspecto con rigor y fundamento. Por ello sentencia en la Introducción: "...Nuestro deseo es brindar una alternativa juiciosa y adecuada para renovar el repertorio musical escolar actual, que además de caduco, aburrido e inadecuado, en la mayoría de los casos es inexistente..."
  • Ofrece la transcripción de todas las piezas musicales y su grabación en el CD que acompaña el libro.
A todo esto,  creo que tal vez, algunas  de  las piezas más sencillas  pueden adaptarse también como cantos de cuna para infantes, como por ejemplo: Mamá mima Papá mima.




Barbarán Ramírez, Nilda; Luis Salazar Orsi
1999    Tuqui tuqui / Cancionero escolar.   Lima : Biblioteca Nacional del Perú  : II Convocatoria Nacional "José María Arguedas" - Premio a los estudios sobre música y danza en el Perú ; Pontificia Universidad Católica del Perú,  39 p., textos + partituras de 11 canciones, 08 danzas, 04 marchas, 01 texto rimado de formula jitanjáfora  
Contenido: 01. Tuqui tuqui  02. Mamá mima  03. Papá mima  04. Mi mono monano  05. La lupuna  06. Tipití  07. El motelo Antonio  08. Fa, fe, fi, fo, fu  09. La lora Sara  10. René rema en el río  11. Cupido dame tu cometa   12. Mi tierra es colorada   13. La mosca Eteca  14. La velada de Doña Muti  15. La hamaca  16. Chela tiene en su cocina   17. El llullo Javicho   18. El tuyuyo  19. La Shushupe   20. Con telón o sin telón   21. Todos saben   22. Mamá   23. Mi bandera   24. Señorita profesora



Salazar Orsi, Luis
2018    Tuqui tuqui / Cancionero escolar.  Tarapoto : Municipalidad Provincial de San Martín, 86 p., textos + partituras+ 1 CD de 70 surcos
Contenido: 01.  Vamos a Tiruntán  02 Tuqui tuqui  03. Mamá mima  04. Papá mima  05. Mono monano  06. La lupuna  07. Tipití  08. El motelo Antonio  09. Didí   10. El masato  11. La cecina  12.  Fa, fe, fi, fo, fu  13. La lora Sara  14. René rema en el río  15. Cupido dame tu cometa   16. Mi tierra es colorada   17.  El juane 18. La mosca Eteca  19.  Mañuco  20.  La baladora y la bala  21. La aguajina  22. La pava ponedora  23.  La velada de Doña Muti  24. La hamaca  25.  Kike iquiteño 26. La gelatina  27. La cocina de Chela  28. El llullo Javicho   29.  La zarapatera  30. El tuyuyo  31.  Tío Mashico  32. El armadillo  33. En el Aguaytía  34.  La taquina del ojé   35.  Con telón o sin telón  36. La bruja Briseida  37.  Quiero saber más  38. Todos saben  39. El bizarro Constantino  40. Mamá  41.  A mi papá  42. Señorita profesora  43.  Mi bandera  44. Desde el Oriente peruano  45. Llaktaykita kukay 



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Canciones, juegos infantiles, pedagogía musical (bibliografía)



agosto 05, 2018

Obra ballloniana: Su reconocimiento como Patrimonio Cultural de la Nación




Cantares arequipeños.  Álbum de yaravíes, marineras y pampeñas, por Don Benigno Ballón Farfán
[Lima : Maldonado, 1940]


Hace ya bastantes años la familia de Bengino Ballón Farfán, en la persona de Reynaldo Ballón Medina (uno de sus hijos), ha venido gestionando el reconocimiento oficial a su obra musical.  Más allá de protocolos, lo que les interesaba era rescatar, restaurar y difundir esta obra, hoy en día poco y mal conocida, ya que  Don Benigno compuso muchas más piezas de las que llegó a grabar y popularizar.  Lamentablemente,  las gestiones no recibieron buena respuesta en las autoridades locales (Concejo Provincial, Gobierno Regional), que las dilataban una y otra vez.

Los objetivos principales de la familia son: hacer transcribir de manera profesional la totalidad de las partituras rescatadas para su publicación y  fundar un museo en la casa  donde vivió Don Benigno la mayor parte de su vida, en la calle Siglo XX.  También han pensado en  un espacio radial para divulgar la vida y la obra, con fines educativos y culturales.

Por fin a fines del año 2017 el guitarrista Percy Murguia Huillca tuvo la iniciativa de presentar un expediente para solicitar formalmente ante el Ministerio de Cultura,  el reconocimiento de la obra balloniana como Patrimonio Cultural de la Nación. A raíz de ello, en marzo de este año la Dirección de Patrimonio Inmaterial del Ministerio me solicitó hacer un Informe para sustentar la solicitud.  Los puntos del trabajo fueron:
  • Concepto: Elaboración de un informe para sustentar la declaratoria de la obra musical de Benigno Ballón Farfán como Patrimonio Cultural de la Nación
  • Producto: Informe sobre la obra musical de Benigno Ballón Farfán
Presenté el Informe y además envié  un catálogo actualizado en formato excel, que pude realizar con la paciente ayuda del doctor Reynaldo Ballón.  Este catálogo es un estado de la cuestión nada más, pues lamentablemente, el archivo de partituras sufrió  dispersión y destrucción tras la muerte de Don Benigno.  Se puede decir a la fecha que esta obra ya está rescatada en su mayor parte.


Foto de Benigno Ballón Farfán, digitalizada del libro de Adela Pardo de Belaúnde: "Arequipa, su pasado, su presente y su futuro" (1967) para este post.  Proviene del archivo fotográfico de la revista Caretas; forma parte de un conjunto de tomas que se hicieron a inicios de la década de 1950, en uno de los viajes que la periodista Doris Gibson hizo a su tierra. 


El 19 de julio de 2018 se firmó la Resolución Viceministerial Nº 111-2018-VMPCIC-MC, como oportuno anticipo a las celebraciones jubilares del mes de agosto.  El contenido textual se basa principalmente en el Informe, donde hay varios datos nuevos procedentes del archivo familiar que gentilmente, Don Reynaldo Ballón me facilitó.

Saludo la buena diligencia del Ministerio de Cultura en Lima, y ojalá sirva para que las autoridades locales atiendan y plasmen los proyectos solicitados por la familia, para bien de la cultura nacional.



// marcela cornejo d.




abril 25, 2018

"Contribución al conocimiento de los juegos en el antiguo Perú"


Fuente:
Peruanidad / órgano antológico del pensamiento nacional
Lima : Ministerio de Gobierno : Dirección de propaganda e informaciones, Vol. II, set-oct. 1942, N° 10, pp. 831-837


Contribución al conocimiento de los juegos en el antiguo Perú
Emilia Romero


CF. el trabajo de la misma autora: Juegos del antiguo Perú: contribución a una historia del juego en el Perú
[México DF : Ediciones Llama, 1943, 40 p.]


El presente trabajo tiende meramente a catalogar algunos de los juegos que practicaban los antiguos peruanos, y sobre los cuales hay referencias históricas y tradicionales. Presentamos aquí los mejor conocidos y difundidos en el país.


Wayru

Bertonio lo describe así: “Huayrusitha, Piscasitha, jugar con unas piedrecillas, adelantándolas en sus hoyitos, según los puntos de una manera dé dado grande; en uno de estos juegos, van adelantando las piedras alrededor o en círculo, en otros dan vuelta como río” (1). Morúa dice: “Jugaban estos indios con un solo dado que llaman Pichca, de cinco puntos por un lado, uno por otro, dos por otro y por otro tres, y el otro lado cuatro y la punta con una cruz que vale cinco, y el suelo del dado veinte y así juegan hoy en día; y esto lo usan así los indios como las indias aunque fuera de conejos, que ellos llaman cuye», no juegan cosas de plata” (2).  Cobo dice: “el llamado Pichca era como de dados; jugábanlo con un solo dado de cinco puntos que no tenía mayor suerte” (3).  Frase que como se ve ha sido copiada de Gómara y nos prueba que él no vio a los indios practicar este juego.

Amaga refiere que durante el Pakarikuk, o sea el velorio de los difuntos que duraba cinco días, solían los indios jugar este juego y después se dirigían a un río a lavar la ropa del muerto (4). En la descripción del Wayru que aparece en los documentos de Odriozola a que- hemos aludido anteriormente, también se dice que lo jugaban durante el duelo de los entierros de los indios, pero “aun siendo este juego propio de ellos; lo acostumbran muy poco y por lo regular sólo cuando empiezan a beber” (5). Con relación a esta costumbre vemos que hoy en la región de Ancash, llaman Pitchkakuy a la ceremonia de velar al difunto, llevar luego sus ropas a lavar y distribuirlas enseguida entre los deudos del muerto(6).

Esto indicaría que el Wayru era sólo un juego ceremonial y así lo creen Tschudi (7) y Karsten que en nuestros días ha estudiado la supervivencia de este juego entre los indios salvajes del Oriente; pero según hemos visto, Morúa le da un sentido muy diferente. Nos dice con claridad que por medio del dado, jugaban los indios sus animales. Cobo, a su vez, sostiene que los indios jugaban “más por entretenimiento que por codicia de ganancia si bien a veces iba algún precio, como eran mantas, ganados y otras cosas; mas esto era en poca cantidad y sin picarse mucho al juego” (18). En otra parte, el mismo Cobo nos refiere que fue el Inca Túpac Yupanqui quien lo llamó Wayru, en homenaje al nombre de una de sus esposas predilectas, la cual presenciaba una partida de este juego en Yucay y recibió la joya que el Inca ganó al salir vencedor “ y desde este juego mandó el Inca que el número uno se llamase Guayro en toda la tierra en memoria de la suerte y ganancia que con él hizo en nombre de esta señora...” (9).

Veamos ahora cómo otros describen el dado. El padre González Holguín en su Vocabulario quechua se expresa así: “Pichcana, un palo seizabado con que juegan”(10) Bertonio dice que el dado o Pichca es de madera (11) y Morúa explica: “la pisca es como una perinola, aunque no anda, antes arrojan y descubre el punto, como a la taba o dados” (12).

Lo que extraña de este juego es que, si tanta importancia le daban los indios, según se desprenda de lo anterior, no lo hayan representado en los ceramios Que tan valiosa documentación presentan para las demás costumbres aborígenes. Tampoco sabemos que se haya encontrado el dado en las tumbas precolombinas. Karsten recogió entre los indios Canelos del río Bobonaza un dado de hueso que creyó de llama usado para este juego, que conserva el nombre de Wayru, y asegura oue el dado está muy gastado y evidentemente es muy antiguo (13); pero Nordenskiold impugna esta afirmación, probando que el dado hallado por Karsten es de hueso de vaca (14). Parece también que Rivet encontró en la misma región un dado semejante hecho igualmente- de hueso de vaca. Boman afirma haber hallado en las sepulturas indígenas astrágalos de llama aislados, sugiriendo la posibilidad de que se relacionen con la taba y esto ha influido sin duda en la afirmación de Karsten (15).        

Lo que sí está fuera de duda es que en la actualidad el Wayru aún se juega entre los indígenas de diversas regiones. Y creemos que de haberse practicado e» la época precolombina debió haber sido no’ sólo como juego ceremonial sino también de azar, por muy poco dados al juego que hayan sido los indios y por muy estricta que fuese la reglamentación inkaica.


Halankolasitha o Halankolatha

Según Bertonio “es un juego que se parece algo al de las tablas y van adelantando las casas con estas palabras, Halan cola. A su traza llaman Aucattana y al dedo de madera que usan, Pisca. Y a los agujeros u hoyitos del juego les dicen Halancola (16).


Hunkusitha

Según el mismo Bertonio es “jugar como a la taba con un dado grande de madera, adelantando unas piedrecitas en sus casas u hoyos, lo mismo que el halancolatha (17).


Chunkara

Cobo describe este juego que tal vez sea al que alude Garcilaso, como hemos visto anteriormente: “El Chuncara era otro juego de cinco hoyos pequeños cavados en alguna piedra llana o en tabla: jugábanlo con frijoles de varios colores, echando el dado y como caía la suerte los mudaban por sus casas hasta llegar al término: la primera casa valía diez y las otras iban creciendo un denario hasta la quinta, que valía cincuenta (18).


Takanako
Cobo dice: “el Tacanaco era otra suerte de juego con el mismo dado y frijoles de varios colores como el juego de tablas” (19). Podría ser que correspondiese al que en aimara Bertonio llama Halankolatha


Apaytalla

Cobo se limita a citarlo y Murúa lo describe con más detalles. Según él, fue inventado por la koya Anawarke, esposa da Pachakutek, y era así: “es un género de frijoles redondos de diversos géneros y nombres e hizo en el suelo con la cabecera alta de donde sueltan los tales frijoles y el que de ellos pasa adelante y hace ruido, más gana a los otros; está con sus rayas y arcos a manera de surcos y tienen sus nombres particulares. Jugaban así este juego como actos muy ordinarios, que estos indios llaman Pisca, con su tabla y agujeros donde iban pasando los tantos” (20).

En la cerámica Muchik encontramos algunas representaciones en las que creemos ver la reproducción de este juego. Comparando la descripción de Morúa con la fig. 1, notamos una gran semejanza y esto nos induce a emitir la hipótesis de que se reproduce allí una escena de este juego. De ser efectiva probaría que el juego no pudo ser inventado por la koya Anawarke, sino que se conocía desde tiempos anteriores, dado que la cerámica Muchik es anterior al período de los inkas.


Aukay

Descrito por Morúa en esta forma: “era una tabla con frijoles de diversos colores y dificultoso de jugar; echan también la pisca como queda dicho, el cual es un juego muy gustoso” (21).


Kumisitha o Kumisiña

Dice Bertonio que era un juego parecido al de la oca aunque en muchas cosas difiere, pero agrega en otro lado que los indios llamaban también así al juego español del Alquerque y al Ajedrez “porque los indios no distinguen los juegos, sino miran al modo” (22).

Y ahora, si buscamos una descripción española del Alquerque o Tres en Raya la encontramos así: “Juego de muchachos que se juega con unas piedrecitas o tantos, colocados en cuadro, dividido en otros cuatro, con las líneas tiradas de un lado a otro por el centro, y añadidas las diagonales de un ángulo a otro. El fin de este juego consiste en colocar en cualquiera de las líneas rectas los tres tantos propios y el arte del juego es impedir que esto se logre, interpolando los tantos contrarios ((23).

Sería interesante estudiar la influencia que este juego traído por los españoles a raíz de la conquista, tuvo sobre los indígenas y al mismo tiempo llegar a establecer a cuál de los anteriormente citados corresponde el Tsouka, Chukaray, Chunkanti o Shuko, jugado en la actualidad entre los indios que forman las diversas tribus del Oriente Amazónico y que describen Nordenskiold y Karsten (24).

Por otro lado, Nordenskiold sostiene que este último juego, el Tsouka, corresponde al Chunkara descrito por Cobo y que ciertos artefactos indígenas, de madera y de piedra encontrados en las tumbas, los cuales tienen una forma plana con ciertas cavidades regulares abiertas en ellos, debían servir para aquel juego (25). Otros opinan que dichos artefactos servían de contadores o aún de trofeo de guerra, de modo que la afirmación de Nordenskiold sólo se puede admitir como hipótesis hasta que el punto se haya dilucidado por completo.

Fuera de estos juegos que tienen entre sí cierto parentesco y que habría necesidad de estudiar detenidamente a fin de encontrar la correspondencia exacta entre los nombres quechua y aimará, encontramos el siguiente que, a nuestro parecer, tiene también sentido ceremonial.


Chawasiña

Bertonio escribe: “juego bárbaro en que se sacuden unos a otros los mozos divididos en bandos y se lastiman muy bien, y en cada pueblo tienen día señalado para esto” (26). Usaban en él una soga de nervios que tenía el mismo nombre del juego.

Con relación a este juego que bien pudo no serlo, sino más bien una ceremonia ritual, encontramos una descripción dada a mediados del siglo XIX por un misionero que estuvo en las Guayanas y presenció una danza arawak, llamada Maquarri: “Los jóvenes y muchachos fantásticamente adornados, se colocaron en dos filas paralelas, unos frente a otros, llevando cada uno en la mano derecha el Maquarri del cual la danza recibe su nombre. El Maquarri es un látigo de más de tres pies de largo, capaz de producir un golpe doloroso, como puede verse por la forma como les sangran las piernas. Sacuden esos látigos en sus manos a medida que bailan, lanzando gritos alternados que se asemejan a la nota de cierto pájaro que a menudo se oye en la selva. A cierta distancia de los bailarines Se veían parejas de hombres azotándose unos a otros en la pierna. El hombre a quien le tocaba recibir el golpe se mantenía firmemente en una pierna, avanzando la otra; mientras su adversario, deteniéndose, calculaba cuidadosamente la dirección y saltando del suelo para añadir fuerza a su golpe, causaba a su adversario una herida dolo- rosa. Este último no daba ningún signo de haber sido herido, salvo una sonrisa desdeñosa, aunque podía haberle hecho brotar sangre el latigazo que, después de una corta danza, era devuelto con igual fuerza”... (27).


Simpasitha

Entre los jóvenes enamorados se usaba el juego de Simpasitha que Bertonio describe así: “es jugar los mozos y mozas con un cordel que revuelven en los dedos para adivinar si su enamorado la quiere o no. Es como juego de pasa pasa, eso mismo hacen con unos huesecitos que sacan de la cabeza del cuy y los echan en un vaso de chicha y si el uno va tras el otro dicen que se quieren”. Es embuste del demonio, concluye desolado el celoso jesuíta (28).


Puma

Había también otro juego llamado Puma, citado por Cobo y en los vocabularios de González Holguín y Torres Rubio, pero ninguno de ellos da la menor indicación en cuanto a la forma de jugarlo.
Entre los juegos de habilidad física y los infantiles queda aún, más que en los anteriores, la duda acerca de su antigüedad, porque Bertonio que es quien los describe en 1612, no hace la distinción de si fueron o no introducidos por los españoles. Por lo demás, son tan sencillos que bien pudieron haberlos ejecutado los ir-dios sin necesidad de verlos practicar.


Pekositha

No se encuentra en los huacos ninguna representación de la pelota o pekositha y tampoco restos de ella en las tumbas de los aborígenes, pero dos de los cronistas nos hacen sospechar que quizá la jugasen antiguamente. En México y Centro América nos aseguran los arqueólogos que han encontrado señales de que se jugaba el tlaxtli, principalmente entre los mayas del Segundo Imperio, y Nordenskiold que ha estudiado la correspondencia de los elementos culturales entre América del Norte y del Sur, sostiene que el hockey se practicaba entre los indios de los EE. UU. y también entre los del Chaco, en Bolivia, y dice que los Chiriguanos al igual que los Algonkinos jugaban con raquetas (29). En el Perú no se ha encontrado hasta el momento algo remotamente parecido, pero Cabello Balboa nos refiere que Mayta Kapak se hallaba en Korikancha con Apak Konde Mayta y Takachgay, sus primos, y con otros jóvenes de su misma edad jugando un juego de pelota llamado Kuchu, en momentos en que llegaron diez indios con el propósito de atacarlo. Mayta Kapak adivinó la mala intención de los recién llegados y les lanzó la bola con tal fuerza que de un golpe mató a dos (30). Sarmiento de Gamboa por su parte, relata el mismo incidente en forma más sencilla (31)

Sorprende que nadie haga la menor alusión a la pelota en relación a los tiempos posteriores.
Bertonio sin entrar en mayores detalles dice que jugar a la pelota se decía Pocositha y que la pelota, llamada peco papa auqui,era de lana revuelta con mucho hilo. También da diversos términos para el juego de la pelota. Dice que arrojar la pelota se decía Haccotatha y arrojarla hacia arriba Halutatha, Thocutatha (32). González Holguín llama a la pelota papa auqui y jugar a la pelota papa auquicta pucilachiri o papa auqui huan pocllanni. Lanzar la pelota se decía lluspichini y hacerla rebotar lluspircucta cutichini (33). El término papa auki ha desaparecido en la actualidad, pero subsistió por lo menos hasta 1754, época en que según vemos en la edición de ese año del Vocabulario de Torres Rubio, ya se consideraba anticuado (34).

La variedad de términos relacionados con la pelota indicaría que en el caso de haber sido introducida por los españoles, lo fue desde los primeros días de la Conquista.


Hankutatha o Hankutasitha

Los muchachos indígenas parece que tenían entre sus juegos la costumbre de correr asidos el uno detrás del otro, en la misma forma en que lo hacen en todas partes los niños, pero aquí imitaban la forma de la serpiente. Bertonio describe así esta manera de jugar: “Jugar los muchachos asiéndose unos a otros del vestido y corriendo a vuelta de culebra” (35).

Quizá al correr en esta forma los muchachos intentaban imitar la danza de la serpiente que los grandes efectuaban y que nos describen algunos cronistas.


Kiraapasitha

Este juego lo describe Bertonio en esta forma: “jugar los muchachos llevándose unos a otros, sentándose sobre el cuello y colgando los pies, los pechos abaxo del otro” (36). En la actualidad llevar así a un niño en las espaldas se dice “llevar a pache”.              ,


Kuumpikipatha o Kellikipatha

Asimismo practicaban un juego que aún se usa entre nosotros, el cual consiste en poner la cabeza en el suelo, levantando  los pies en el aire y dar un volatín. Bertonio lo describe en esta forma: “boltear los muchachos poniendo la cabeza en el suelo y los pies en el aire” (37).


Thokuhokatha o Thokunokasitha

El salto largo de nuestras lides deportivas, podría también haber sido practicado por los indígenas. Bertonio nos dice: “era jugar a quien salta más, rayando o señalando qué tanto salta cada uno” (38).


Kapanokatha o Killutha kellunokatha

En cuanto a este juego sólo nos dice Bertonio que “era jugar los muchachos dando vuelta con la cabeza” (39). Ignoramos en qué consistía la habilidad de este juego.


Kawisitha o Kawisiña

Este juego lo nombra Bertonio sin describirlo y sólo dice que era jugar a las argollas (49). Podría tal vez tener relación este juego con el “ring-and-pin game” que Nordenskiold afirma haber encontrado en Norte América y que el jesuita Sánchez Labrador encontró en el Paraguay y describe así: “Hacen cincuenta y seis o sesenta argollitas de la corteza dura de una especie de calabaza amarga. Por medio de todas pasan un hilo largo de una vara. La una punta está atada a la última argollita, y la otra a un palito pulido de: casi tres cuartas. Dejan caer todas las argollitas, que estribando unas en otras, están bien juntas. Después las despiden al aire enderezando al mismo tiempo la punta del palito a la primera. No sueltan el palito y la habilidad consiste en ensartarlas todas al aire, y el que lo logra, gana.  “Juéganle muchos en rueda, porque ensarte o no las argollas, la destreza se prueba una vez sola, y después espera que concluyan los demás de la rueda” ((41).


T'inkat'Asitha

Dice Bertonio que es jugar a los papirotes, pero no da ninguna explicación (42). En quechua se decía a los papirotes t’ inkani y dar muchos t’ inkapayni (43).


Kala liwi

Parece que los muchachos tenían un juego a imitación del Liwi que los indios usaban en sus guerras. El nombre de Kala Liwi lo da Bertonio a continuación de Yauri Liwi que nos dice, servía para matar pájaros (44) y kauñusitha o Kauñusiña es jugar con el Liwi. Este era “un cordel de tres ramales con unas bolillas al cabo” y una variedad de él, el T’eketa liwi, era de cuero y los extremos de piedra. No sabemos si el usado por los niños en sus juegos tenía semejanza con éstos, o si lo usaban para matar ellos a los pájaros.

(De la revista “Chaski”)



1.    Vocabulario de la Lengua Aimará, T. 11, pág. 157.
2.    Historia de los Incas Reyes del Perú, T. 11, pág. 177.
3.    Historia del Nuevo Mundo, T. IV, pág. 228.
4.    La Extirpación de las idolatrías en el Perú, pág. 60 (Col. Urteaga-Romero, 2a. serie T. 1). Reproducido por el arzobispo de Villagómez en Exortaciones e instrucciones acerca de las idolatrías de las Indias, cap. XLVI, pág. 171. Col. Urteaga Romero, T. XII.
5.    Duelo de los entierros de los indios, en Documentos literarios de Odriozola, T. IV, pág. 315-316.
6.    Dato proporcionado por el Doctor Abdón Pajuelo, nativo de Huaraz.
7.    Historia de la Civilización y Lingüística del Perú Antiguo, T. 11, pág. 232, Col. Urt.—Rom. T. X.
8.    Historia del Nuevo Mundo, T. IV, pág. 228.
9.    Historia, T. III, pág. 174.
10.  Vocabulario Quechua (1608), parte I, pág. 281.
11.  Ob. Cit. T. 11, pág. 270, y p. 163.
12.  Ob. cit., T. 1, pág. 95.
13.  Ob cit., págs. 7-8 y 14.
14.  Huayra game, Journal de la Societé des Américanistes, T. XXII, Fasc. I, p. 211-213.
15.  Antiquités de la región Andine, T. I, p. 361 - Nota I.
16.  Ob cit., T. I, pág. 273 y T. II, pág. 110.
17.  Ob cit., T. II, pág. 163.
18.  Ob cit., T. IV, pág. 228.
19.  Ob cit.,   T. IV, pág. 228.
20.  Ob cit.,  pág. 95.
21.  Ob cit., pág. 95.
22.  Ob. cit., T. II, pág. 59 y T. I, pág. 40.
23.  Diccionario Enciclopédico Espasa, T. 49, pág. 905.
24.  Nordenskiold, Spiele und Spielesachen im Gran Chaco, etc., págs. 428-429 y Karsten, ob. cit., págs. 34-38.
25.  Spieltische sus Perú und Ecuador, Zeitschrift für Ethnologie, 1918. Heft. 2 y 3, pág. 166-171.
26.  Ob. cit., T. II, pág. 68.
27.  Brett, W. H. The Indian tribes of Guiana, their condition and habits, Londres, 1868, p. 154-157.
28.  Ob. cit., T. II, pág. 317.
29.  Origin of the Indian Civilizations in South America. Goteborg, 1931, pág. 90 y Spiele und Spielsachen im  Gran Chaco, etc., pág. 431-432.
30.  Historia del Perú bajo la dominación de los Incas, pág.    16.
31.  Gieschichte der Inkareichs, pág. 46.
32.  Ob. cit., T. I, pág. 358.
33.  Ob. cit., parte I, pág. 219 y parte II pág. 257.
34.  Arte y Vocabulario de la lengua quichua general de los indios del Perú (Ed. de 1754). Ver la explicación de las palabras que llevan un asterisco.
35.  Ob. cit., T. I, pág. 274.
36.  Ob. cit., T. II, pág. 198 y T. I, pág. 274.
37.  Ob cit., T. II, pág. 62.
38.  Ob cit., T. II pág. 359 y         T. I, 274.
39.  Ob cit., T. I, pág. 274 y         T. II, pág. 46.
40.  Ob cit., T. I, pág. 274 y         T. 119, pág. 38.
41.  El Paraguay Católico, Vol. II, pág. 11 en: Nordenskiold, Origin of the Indian Civilization in South America, pág. 91.
42.  Ob. cit., T. I., pág. 274 y T. II, pág. 249.
43.  González Holguín, ob. cit., parte II, pág. 197.
44.  Ob. cit., T. II, pág. 195. 





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Enlaces

Canciones infantiles peruanas
Canciones, juegos infantiles, pedagogía musical [bibliografía]
Diez juegos del ayer que disfrutaste en tu infancia
Museo del juguete en Trujillo



"Algo sobre títeres"


Fuente:
Peruanidad / órgano antológico del pensamiento nacional
Lima : Ministerio de Gobierno : Dirección de propaganda e informaciones, Vol. II, set-oct. 1942, N° 10, pp. 818-823


Algo sobre títeres
José Gálvez


Representación del teatrillo ambulante de Ghetanaccio, probablemente en la
Piazza di Pasquino. Collezione Maria Signorelli


Dije alguna vez, y lo repito, cuánto me había tentado, y cómo había caído en la tentación, el tema de los títeres. Hace ya muchos años publiqué una crónica a base, sobre todo, de recuerdos personales, y, con ligeras variantes, la incorporé a “Una Lima que se va. . . “  Después para una exhibición de Amadeo de la Torre en “La Pascana” pergeñé unas palabras con la buena fortuna de haber sido reproducidas en “La Prensa” y en “Turismo" de Lima y en gran parte traducidas en el libro anual de la Asociación de titiriteros de Estados Unidos. Con mi autorización, y el aditamento de algunos datos, aparecieron en la edición de Puppetry 1940, del Profesor de la Universidad de Michigan señor Paul Mc Pharlin.  He dado, además, una charla por radio y como si no fuera bastante, en “Insula”, hoy, se me vuelve a solicitar para lo mismo.

Agradezco la oportunidad para este majar mío, por cierto muy a gusto, por la obstinada pertinacia -en este caso la redundancia es disculpable-  de mi afán restaurador de cosas viejas. De alcance en alcance, de remiendo en remiendo, ampliando y esclareciendo, forjando y remodelando, como quien dice cayendo y levantando -parece se me impone el gerundio por asociación de Mama Gerundia, la mujer de Don Silverio- he ido acreciendo mis conocimientos y he vuelto a pecar una y otra vez más.

Este arte de los títeres viene de muy atrás y envuelve una ilusión remotísima casi divina, de manejar aunque sea muñecos. En él se esconde el muy humano afán de la dominación, unido al deseo de escapar del mundo real para entrar en la menuda y grácil transfiguración de otro más dócil y festivo.

Viene de muy lejos. No sólo lo cultivaron los griegos -maestros en todo- y también los romanos, sino seguramente los egipcios. El arqueólogo francés Gayet encontró en la tumba de la danzarina Jelmis, en tierra de los faraones, figulinas mecánicas para alguna farsa religiosa, o, tal vez, para cierta forma de pantomima. Sin embargo, en el libro del Profesor Mc Pharlin hay una nota de C. H. Stern, dubitativa, por lo menos, acerca de la existencia de tal espectáculo en la Grecia anterior a la era cristiana. Mariantonio Lupi, en el siglo XVIII, citó un paisaje de “El Banquete” de Jenofonte, deduciendo la existencia de representaciones con muñecos manejados por cuerdas (nuropasta en griego). Ateneo de Naucratis en el famoso libro “El Banquete de los sofistas” cita al titiritero ateniense Potheinos; pero según el moderno y cauteloso investigador, no debe tenerse por evidente la interpretación, y, en cuanto a la época, también vacila, pues afirma no cabe inferirse sea contemporáneo de Eurípides, el titiritero, sino, más bien, del propio Ateneo, que es muy posterior.

La advertencia es importante y abre una interrogación sugestiva, porque si bien no niega la existencia de títeres en la Grecia antigua, supone no los hubieron en los días clásicos anteriores al cristianismo. Sería extraño en verdad, no sólo por la muy conocida profusión de figurillas representativas en las remotas culturas helénicas y aún de las islas, sino por la notoria influencia de egipcios y fenicios en  la antigua Hélade, como ya nadie puede poner en duda después de los profundos estudios de Víctor Berard.

Naturalmente, en estas cuestiones predomina la conjetural y la prudencia es base de acierto, pero la imaginación y la asociación de ideas también tienen sus fueros imperiosos y a su manera, libre y airosa, deben colaborar en la búsqueda y en la interpretación. Aparte de las preciosas Tanagras, reveladoras de un maravilloso arte menudo, de la más estética juguetería, me fascinaron siempre esas representaciones taurinas de los cretenses, con mujercitas frágiles burladoras de cornúpetas fieros. ¿Eran reproducción cierta de episodios taurómacos con remotísimas “señoritas toreras"? ¿No pudieron ser tal vez, figuraciones de juguetes, algo así como títeres antiquísimos?

El hecho evidente es la antigüedad del muñeco y del juguete, manejables ya por cuerdas (neuroplasta) o con las manos como hasta ahora se estila en algunas formas de los marionetes. Elemento religioso, especialmente en la magia y en la hechicería, desde lo más lejano, siempre debió envolver la ilusión creadora de formar y manejar aunque sea fantoches...

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Hay algo más. Nuestra propia palabra castellana, expresiva de ente manejable y endeble, revela una venerable antigüedad. Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana la supone simplemente derivada del sonido titi semejante al del silbato de los titiriteros de los tiempos de Mari Castaña, pero añade la suposición del griego tytizo equivalente a gorjear. La explicación es interesante y acorde a la realidad, aún presente en ciertas modalidades primitivas de los títeres. En nuestra costa, por ejemplo, donde se ofrecen espectáculos de tal clase en .las haciendas, los muñecos no aparecen hablando muchas veces, sino agitándose con los silbidos arrancados, por los titiriteros, de carrizos o de encarrujadas hojas, y en Pallasca, por ejemplo, llaman chivives, sin duda por onomatopeya, a las funciones titiritescas y obtienen el sonido con las hojas del shallape.

No obstante, yo insisto en creer, con aventurado atrevimiento, en el origen helénico del vocablo; ya de tyttos, pequeño, y mejor aún de títtyros, mono y también sátiro y comediante. Además, y esto es muy curioso, tyttiristes denota en griego el tañedor de flauta y los títeres antaño estuvieron siempre acompañados por ch rimias o tirisuya [sic: chirisuyas].  También tal vez, haya provenido de allí la graciosa y onomatopéyica palabra titiritaina, expresiva de un enrevesado rumor flautero y, por extensión, de, cascabelero y gaudente bullicio.  Para mayor aporte pláceme recordar aquel teatrillo portátil con figuras movibles llamado titirimundi.  No hay en suma, arbitrariedad o exageración en atribuir al títere castellano la noble genealogía del helénico títtyro.

La palabra y por ende, el hábito mismo del espectáculo, son remotísimos, y esto refuerza la suposición del origen griego, porque en España, según estudios de Menéndez Pidal, hay un momento muy importante, el de la influencia de los monjes de Cluny con rezado de helenismos. Viejos dichos son a mayor abundamiento, “no dejar títere con cabeza”, “echar los títeres a rodar”, “hacerlo a uno títere”. En “La Pícara Justina” se alude a los títeres del bisabuelo en Sevilla, “los mejores vestidos que jamás entraron al pueblo”. En El Quijote está la donosa aventura de Maese Pedro, inspiradora de una página musical admirable de Falla. Una extraña novela del siglo XVII , "Carnestolendas de Zaragoza" de Antolínez de Piedrabuena, describe figuras en miniatura para representaciones, y en el Arca de Noé, algo posterior, de Francisco Santos, se habla de títeres y se menciona a un tal Candi  -posiblemente griego- como experto en esos artificios. Estas dos últimas citas son de Robert H. Williams de la Brown University.

Hubo fantoches doquiera. En Inglaterra Punch y Judy, el Guignol francés, derivación para algunos del Chignolo italiano, el Periquillo y el Firulete mejicanos [y] el Perotito peruano lo revelan. Como huellas de lueñes influjos, la preocupación fantástica del diablo incidió en algunas de estas expresiones y hay curiosos estudios al respecto. En la Europa occidental, muy especialmente en Italia, el género tuvo múltiples representantes en la llamada "Commedia dell’arte" y los Polichinelas y Arlequines dieron la vuelta al mundo y se hicieron tan típicos que muchas veces los hombres los imitaron.

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En los tiempos actuales, hecha la salvedad dolorosa de los obligados paréntesis de la guerra actual, el movimiento titiritesco es enorme. En Inglaterra, en Francia, en Alemania, en Estados Unidos, en Rusia, en Italia, en Holanda, en España, en Canadá, en Sud África, en la Polinesia, en Hawai, ha crecido y se ha alquitarado la afición. En nuestra propia América, dos países principalmente, Méjico y Argentina, se han caracterizado por una intensa labor.

En Méjico se ha hecho inmensos progresos en esta clase de teatro simbólico. El gran escritor Alfonso Cravioto me contó en una ocasión que su primera obra literaria fué para títeres. Hubo hace ya mucho tiempo en aquel país una titiritera ambulante llamada Francisca Pulido Cuevas a quien podría compararse con nuestro Ño Valdivieso. Queda todavía una carpa, de carácter típicamente popular, para los títeres de Rosete Aranda, y una verdadera pléyade de escritores hace atrevidos ensayos en los teatros Nahual, Rin Rin, Periquillo y Cominito. Celestino Gorostiza, Julio Castellanos, Rodolfo Usigli, Angelina Beloff, Armando Demaría y Campos, Carolina Amor, Fernández Ledesma, los hermanos Germán, Lola y Dolores de Cueto, Francisca Chaves, Graciela Amador, Dolores y Ramón Alva de la Canal, Guillermo T. López, Carlos Sánchez, Manuel Carrillo, María de los Ángeles, Fausto y Alfonso Contreras y Roberto Lago, son los más representativos.

En la Argentina los principales animadores son el doctor Alfredo Hermite con su hermana la señora de Nogués y Juan P. Ramos, José Luis Lanuza y Javier Villafañe. En Chile Marta Brusset ha abierto una simpática campaña en favor del género. Entre nosotros, apenas hay los esfuerzos, casi sin estímulo alguno, don Amadeo de la Torre en primer término, [y] de Augusto Postigo y de Aranda. Hay en Pallasca, según mis noticias, un notable artista popular D. Manuel B. Gutiérrez, creador de sus muñecos. Una leyenda pastoril de la Juana y el Pichonillo hace las delicias de los pallasquinos el día de San Santiago patrón del pueblo.  Aquí, donde la señora Carvallo de Núñez y Alicia Bustamante,  Isajara [de Jaramillo] y Chepa Valencia de Schwab han revelado tan magníficas condiciones, para hacer artísticos juguetes, cabría rehacer este arte fresco y gracioso de; los muñecos parlantes y danzarines.

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No deja de tener trascendencia él dato de que hasta 1941, por lo menos, la actividad titiritesca no había cesado en el mundo en la proporción inevitable y penosa de esperarse por la guerra. Hasta el término títere se ha puesto en moda para designar cierta clase de gobiernos, y, tal vez, en todo esto hay un símbolo .revelador. Tal vez, también, es un refugio confortador en medio a la vorágine de la destrucción de tantos hombres, autómatas conducidos por hilos de grandes titiriteros trágicos. Es una hora crucial con gentes que casi ya no piensan, ni sienten, ni obran por sí mismos en la resignada espera de la consigna para sus actos irónicamente, propios, en un constante cambio de posturas difíciles.

Hay otros datos más, muy reveladores de la importancia del género. El Cinema al, intentar largas cintas no ya con actores, sino con dibujos, títeres al lápiz y  al pincel, ha pretendido aniñarse un tanto. Blanca Nieves y Pinocho, entre otros ensayos felices, nos lo muestran. ¿Qué otra cosa son sino títeres cinematografiados? Robert Deshartis hizo hace algún tiempo en el Jardín del Luxemburgo una admirable versión titiritesca del cuento de Grimm y sostuvo la teoría de ser, en esta clase de farsas, superiores los muñecos a las imágenes.

Bien cabría intentarse una recreación de nuestro teatro de títeres conservando algo de la leyenda vieja, remozándola y enriqueciéndola con la mecánica, cuya perfección como las de los Piccoli de Podreca y las de Rusia, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos, ha llegado a ser maravillosa. Hay versiones de “El sueño de una noche de verano” y pantomimas sobre el mar con música de Debussy con marionetes de extraordinario encanto y decoraciones alucinantes. Los expositores de juguetes y los maestros y maestras podrían contribuir a este arte aparentemente menudo y, sin embargo, tan rico en posibilidades.

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Nosotros tenemos una antigua tradición hasta con tipos representativos dignos de ser conservados, como en las farsas titiritescas de otros países se han perennizado y aún trasladado al gran teatro los personajes de ligeras comedias infantiles. Aunque no hay muchos datos históricos, Lohmann Villena y Elsa Temple, tan buenos rastreadores de papeles viejos, nos han revelado cómo es mucho más remota aquella tradición de la contada por Mendiburu al hablar de aquella Leonor Godomar de fines del siglo XVII.

En las primeras representaciones muñequeriles, como era lógico dada la época, el Diablo, la Muerte, el Ángel Salvador, el Pecado, la Eternidad formaban el fondo sacramental de las escenas; pero después, los muñecos fueron laicalizándose y se presentaron cuadros populares y comedias ligeras, corridas de toros y marineras borrascosas. Como una supervivencia, quedaron en el teatro de Valdivieso La Muerte y el Angel, acriollada la primera en la figura de la carcancha y no sin cierta travesura el segundo.

Sobre Ño Valdivieso cabe un capítulo especial. Fue el creador máximo, pero no anduvo solo en sus empresas. Tuvo rivales, por él vencidos, y continuadores a quienes debió una especie de inmortalidad. Posiblemente hace ya más de setenta años había dejado de existir en su encarnación corpórea, pero su nombre siguió figurando como una bandera en los programas de los titiriteros. Sus hijos, sus nietos, sus biznietos lo siguieron bajo su nombre ilustre. Él había hecho una farsa memorable con títeres genuinamente limeños y con ambiente típicamente criollo también.

Ya en 1874, según he visto en un número de El Correo del Perú, se habla, con lenguaje dinástico, de un Valdivieso II. Posiblemente yo apenas alcancé al tercero, mal número para secuencias de glorias. Allí se mencionan a Serapio, Baltasar y Cruzate como a titiriteros expertos, aunque derrotados por los Valdiviesos. Parecen haber sido dos, porque se advierte alguna ironía para el Valdivieso II. Tal vez alguno, como el Avellaneda de Cervantes, pretendió engallarse con las plumas del genuino padre de los muñecos nacionales.

Ño Valdivieso, según mis informes, era un mulato erguido, amojamado, sin garbo en el andar, pero gracioso de nación, como hubiera dicho él mismo, con la sal de su tierra en la imaginación alerta, y muy bien servido de unas manos grandes y habilidosas. Era hermano de alma de Pancho Fierro y en cierto modo de Segura. Fue un forjador, porque ideó hacer títeres limeños y fabricó él mismo sus muñecos como lo hacen ahora Amadeo de la Torre, la señora de Núñez, Alicia Bustamante y las señoras de Jaramillo (Isajara) y de Schwab.

En cuanto a la farsa, por mucho [que] quiera ser atribuida a otros anteriores, es evidente cristalizó en él y tiene derecho perfecto a ser considerado como autor de aquel graciosísimo mundillo de Mamá Gerundia y Don Silverio, Orejoncito, Chocolatito, Perotito, Misia Catita, Piticalzón, el Militar de la polka, la Carcancha grande y la Penita chica, crecedora hasta agrandar los ojos sugestionados de los chiquillos, el padre del sermón lleno de latines y consejos, el médico de la descomunal jeringa, el ángel y el maromero…

Los comienzos del titiritero nacional fueron modestos. Presentaba sus escenas con acompañamiento de guitarras y tirisuyas en corralones y antiguas casas de vecindad, pero la fama vocinglera en ciudad tan rica en ecos y rumores, llevó de sobremesa en sobremesa, de atrio en atrio, de café en café, en volandas de popularidad, el nombre del titiritero. Ascendió hasta el salón Capella y en las casas aristocráticas fue número obligado en los días de los santos de los niños. Todos reían aquel sermón cuyos fragmentos recuerdan algunos:

El que oiga este sermón
que se muera de sarampión
o por fortuna
de sarna perruna
Virum vireta
jálame la jeta
virum viraron
ya me la jalaron.
Palabras,
del profeta Matacabras.
Si ni nun, ni nun, ni norun
que a todos mis concurrentes
narices, ojos y dientes
les arranque un gatunorum.
Al purgatorio se arroja
al que se casa con floja.
Si le enseñan la batea
le da jaqueca o diarrea.
Si le enseñan el planchado
le da dolor de costado.
Si le enseñan el fogón
le da mal de corazón
y se insulta y patalea.
Virum vireta
jálame la jeta
virum viraron
ya me la jalaron.
Palabras,
del profeta
Matacabras.

Este ingenio iletrado tenía indudablemente puntos de semejanza con Segura en su manera de ver ciertos aspectos de la vida limeña. Sus tipos parecen arrancados de algunas de las más saladas obras del comediógrafo.

Don Silverio con su tarro de unto, su falduda levita, sus pantalones claros, su voz aguardentosa, sus ademanes de farfantón aparatoso y su permanente estado de alma regañador, era trasunto de algo muy nacional. Era el indefinido, el perenne descontento, buen bebedor y regenerador de la Patria.

Mama Gerundia con sus chocheces, sus murmuraciones, sus chismes y sus constantes pleitos con don Silverio, era una de las tantas viejas refunfuñadoras tan frecuentes en la Lima antañona y mojigata.

Perotito era el avispado y vivo, con mezcla de mataperro y marimarica, engreído, dicharachero y quimboso. La voz que le dio Ño Valdivieso era toda una creación. Parecía hecha para los diminutivos en su agudez chillona y en su rapidez mareante. Alma y cuerpo parecían unidos en la creación realmente estupenda. Así como la farsa italiana forjó personajes, luego símbolos dentro de la relatividad humana, así Perotito fue símbolo dentro del criollismo. Peroles y Perotitos vemos en todas partes. Políticos, sociales, literarios; saltarines, movedizos, de mucha farfulla y poca enjundia.

Hasta el nombre parece netamente nacional.  Hubo, hace muchísimos años, y Benvenutto lo ha evocado recientemente, dos médicos o curanderas criollos conocidos por Perote y Perotito. ¿Tomó de ese recuerdo popular Ño Valdivieso el nombre de su muñeco preferido? Tal vez. Pero lo evidente es que no he visto en diccionario alguno el término tan matizado de contenido en el personaje del titiritero peruano. “Ese es un Perote”, decimos, “aquél es un Perotito”, y todos perciben la gradación e imaginan de inmediato al tipo escurridizo, metejón y vociagudo y sin embargo, simpático, de puro cómico, en el tinglado.

Toda el alma popular estuvo en ese artista primitivo, de ingenuo y sano espíritu con su ají de socarronería y suelto y travieso hasta la grosería, a veces, porque como líos grandes forjadores no desdeñaba la tosquedad, vital escape; y Don Silverio, como buen regañón, soltaba de cuando en cuando sus buenas lisurazas, como antaño se decía.

Muchas anécdotas cuentan de estas evasiones a la barbaridad, como él mismo confesaba. Yo he relatado dos de ellas y creo debo repetirlas. En la limeñísima Quinta de Villacampa le recomendaron una vez no fuera a hacer alguna de las suyas. Se llamó a ofendido Ño Valdivieso, y no podría afirmar si Orejoncito o Perotito, uno de los muñecos, hizo una maniobra dificilísima y dejó caer sobre el público cercano una lluvia significativa y ambarina. Se sonrió en los rostros de la concurrencia, y cuando se le amonestó, muy puesto en orden dijo que deseando ser fino entre los finos, no lo había hecho con simple agua del caño, como lo hacía a veces con su público, sino con Agua de Kananga legítima.

En otra casa, ya con temor a sus irreverencias, le rogaron no ofendiera los pulcros oídos de los niños. Don Silverio, más ronco y aguardentoso, hizo a manera de prólogo, en inimitable gracejo, la vasta y completa enumeración de todas las palabras gruesas, lisuras, lisurazas y lisuritas que por especial deferencia no serían dichas en el curso de la representación; y con tan desembarazado desahogo, ya no se le escaparon durante la misma sus habituales interjecciones. ¡Era un gran tipo Ño Valdivieso!

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Ño Valdivieso murió muy viejo, pobre, olvidado y sin que los niños de su tiempo lo supieran. Estuvo mejor así, porque gozó de una especie de inmortalidad. En el salón de máquinas de la antigua Exposición, volvían a aparecer; ya cascados y sin la gracia genuina del ocurrente padre y creador, los inolvidables muñecos, pero se les había escapado el alma con el viaje definitivo de aquel titiritero peruano, tan arraigado a su tierra y tan lleno de su gracia popular...  Alguna vez lo califiqué de vernácula mezcla de Pancho Fierro, escultor muñequero, y de un Manuel Segura iliterato y de sal gruesa, y lo vuelvo a repetir para terminar como comencé.

(Charla dada por el autor en ‘‘Insula” de Miraflores)



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Enlaces

Personajes de Lima: Ño Valdivieso [José Gálvez 1912]
Títeres y titireros en la Lima del S. XVIII
De profesión titiritero
Santiago Volador - Ricardo Palma
Títeres Kusi Kusi, amor por el teatro
De profesión titiritero [presentación de libro sobre Felipe Rivas Mendo]
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Exposición sobre teatro infantil peruano en el siglo XX [Caslit, 2016]
Titeresante [SP]
San Simeón, el santo de los titiriteros
El títere: patrimonio cultural de la humanidad